domingo, 13 de marzo de 2011

Un pueblo perdido (novela) [1]

Índice

I. La historia de los dos hermanos


- Qué dulce melodía que anima mi corazón.
Esta es una bella canción,
y tú te has ganado mi admiración- Dice Mario, el somnoliento, mientras despierta de su acostumbrada siesta.
- Yo solo creo,
que el sonido tierno,
de la flauta que poseo,
te está haciendo efecto- comenta suavemente María, mientras deja a un lado su instrumento.
- No, ya estoy despertando.
Que sueño más extraño.
Soñaba que nuestro deseo anhelado,
se veía dificultado.
- Hermano,
tanto sueño te está afectando.

Debajo de un sauce de más de tres metros que está plantado en medio de su patio, están sentados ambos hermanos, tranquilos, mientras una tortuga se acerca. Mario levanta la vista, pero todavía no logra despertarse del todo.

-Odio tus tortugas,- comenta María-
tienen tantas arrugas.
Además tienen la piel tan dura.
-Ya te acostumbrarás
un día, hermana,
solo debes tener calma.

La tortuga, ignorante de lo que dicen, camina, se acerca muy lentamente a su dueño. Mira con desconfianza a la bella mujer que lo acompaña, como si de un animal peligroso se tratase. Quizás no esté tan equivocado, quizás pronto lleguen las ponzoñosas serpientes que ella cuida. Pero por el momento todo está tranquilo.

-Me pregunto cuando cumpliremos nuestro objetivo;
esperar se está volviendo aburrido- Dice Mario.
-Pequeño y aturdido hermano,
ya sabes que mis años
no los he vivido en vano.
Ya se viene el día esperado.

Mario se incorpora de un brinco.
-¿Lo que me dices es cierto?
¿Cómo puedes darme prueba de aquello?
-Pero que no te puedes quedar callado un rato.
Yo te diré cuando sea el momento indicado,
solo espera ahí recostado,
se vienen unos días agitados.

Debajo de un sauce de más de tres metros que está plantado en medio de su patio, están sentados ambos hermanos. Observan tranquilamente el amanecer. Ya van más de tres años desde que en un amanecer cualquiera juraron cumplir juntos un sueño que compartían, un sueño que sobrepasó las expectativas de ambos hermanos, un sueño que cambiaría para siempre a la Atlántida, la gran isla, el pequeño continente. Día tras día tramaban meticulosamente su plan con todos los detalles. No dejarían que el azar interrumpiese su faena. Antes, debían prevenirlo. Día tras día pensaban su plan. Y ahora ya les faltaba poco para ponerlo en marcha.

María tiene 21 años, Mario 20. María es por tanto la hermana mayor, y se le nota. Es mandona, enojona, vigorosa y de carácter fuerte. A menudo llega a fastidiar su inquietud. Siempre activa, lo único que la logra tranquilizar es tocar su instrumento de música: una flauta atlántida de vidrio, fabricada en la ciudad de Acua, en la vecina región del Bariao, la del inmenso e impenetrable desierto. La flauta tiene una forma muy singular pues, a diferencia de las que existen en todo el continente, esta tiene dos columnas de agujeros, ocho por cada una. Ciertamente es una flauta complicada de usar. Pero esto a María no le molesta, nació con una habilidad natural para ella. Cuando tenía 5 años su padre se la regaló y de ahí nunca más se separó de ella.

Fantásticas historias se cuentan de esa flauta. La leyenda cuenta que fue hecha por Rai este, un antiguo dios serpiente, malvado, que luego de hacerla la maldijo. Desde luego que esa leyenda debió de haber sido inventada por los sirvientes de la joven María, al igual que la siguiente maldición: aquél que escuche el sonido de esa flauta no podrá ser bueno aunque lo desee con todo el corazón. Su hermano, convencido de que la leyenda es una mentira, gusta desde la infancia de pasar horas escuchando a su hermana tocar aquél mágico instrumento bajo el sauce mientras la observaba. Y la observaba atentamente. No la observaba como los hombres que le clavaban la vista por la calle. La observaba calurosamente, con cariño y a ella le gustaba que la observara.

María no era una mujer cualquiera. Era poseedora de una figura explosiva, unas caderas delimitadas por unas curvas precisas, un pecho adornado por un busto generoso que no rallaba en los excesos. Quizás lo que más llamaba la atención era el color blanco de su pelo que le valió el apodo en su infancia de “princesa nieve”. Su pelo tan claro parecía brillar por momentos. Pese a que lo cuidaba bastante, nunca se lo peinaba y lo llevaba suelto. Pero sí que lo cuidaba, se lo lavaba constantemente y no permitía que se ensuciase. Ese pelo del color de las nubes hacía relucir su blanca piel, su pálida piel. Siempre colorados, los cachetes eran una excepción de color en esa cara blanca. Hasta sus ojos grises hacían juego. Era la “princesa nieve”, hija de la nieve, hija de la claridad. A su hermano le gustaba eso, por lo tanto disfrutaba observándola cuando tocaba su flauta. Solo su ropa no combinaba con el set. Le gustaba usar ropas de color púrpura, vestidos de una pieza, cortos, pantaletas oscuras y zapatos oscuros. Pero pese a eso, era una musa, una obra de arte, una hermosa mujer.

Hija del Rey de Desparta -la ciudad más poderosa militarmente de la región de los Menélicos-, la princesa nieve había tenido una infancia sin necesidades, pero muy distinta a la vida de las princesas de otras regiones. Aquella ciudad, como todas las demás ciudades de la región de los Menélicos, tenía una antigua tradición mercenaria y desde chica fue entrenada duramente en las artes militares. Pero no fue en vano. La niña demostró muy tempranamente tener habilidades para asesinar. Tenía estilo al moverse y era veloz. Criaba serpientes en su habitación, y pronto comenzó a imitar sus movimientos, creando una técnica de combate completamente nueva. El herrero del rey le regaló, aprisionado en sus encantos, un arma tan mortífera que solo mencionar su nombre puede hacer que un ejército entero rompa filas. Ella rápidamente adaptó el arma a su técnica de combate utilizándola como una extensión de su cuerpo. Esa arma legendaria se llamaba “lanza serpiente” y era perfecta para ella.

Desparta está ubicada muy cerca del río Menelio, a su orilla oeste. Ese rio es poco caudaloso, muy estrecho y solo crece un poco en verano. Es insuficiente para mantener una ciudad tan grande como Desparta, así que sus habitantes se acostumbraron a buscar agua para beber en napas subterráneas y consideran el Menelio como un rio sagrado, creador de vida. La vegetación crece a su alrededor, pero no es muy abundante ni tampoco exuberante. Los caballos recorren los pastos libremente. Hay muchos caballos por esta región y la gente los cuida. Cuando necesitan ir a la guerra los apertrechan bien y tienen mucho cuidado de que no los hieran.

Alrededor de la ciudad hay abundantes sabanas con poca vegetación y sin mucho alimento disponible; por ahí nómades viajan de un lado para otro y de vez en cuando asaltan a viajeros desprevenidos. Antiguamente asaltaban constantemente Desparta en busca de alimentos, pero la gente, cansada de ellos, creó su propio ejército. Era un ejército poco numeroso, pues la ciudad no posee muchos recursos, pero bien entrenado. A los niños y niñas que demostraban una habilidad natural para la guerra los entrenaban desde pequeños, formando jóvenes que solo servían para esa actividad, y pronto Desparta vio la posibilidad de conseguir dinero prestando su fuerza militar a otras ciudades. Así es como surgió la tradición mercenaria de la ciudad y como consiguió crecer rica y poderosa a la vez.

Celosas, las otras ciudades de la región de los Menélicos pronto comenzaron a imitar el modelo de Desparta: primero la culta Cartenas, luego la disgregada y desafortunada Tibas, le sigue Ourinto, la populosa y finalmente la rica ciudad comercial de Iodas. Cada una formó su élite de soldados mercenarios a su manera, e hicieron que sea la actividad económica predominante de la región. Obviamente entre ellas compiten, pero es Dartenas la ciudad que posee la mejor reputación. Los efectos para el continente de la Atlántida no han sido tan buenos como se esperaba; estos mercenarios han hecho que las guerras en esta gran isla sean cada vez más feroces y sangrientas. Cada ciudad intenta imponerse a la vecina contratando mercenarios de una ciudad, mientras la contraria contrata mercenarios de otra. Y así es como se ha conseguido un pequeño equilibrio de poder en el continente, pero a costa de encarecidas, cuantiosas, sangrientas y continuas guerras.

Viendo esto desde pequeños, los dos hermanos se cuestionaban continuamente como podían cambiarlo. Mario, el sereno Mario, era el que lo deseaba más ansiosamente. Añoraba con que algún día llegue la paz al continente. En innumerables noches de descanso del duro entrenamiento junto a su hermana buscaban formas de conseguir la paz. Hace tres años vieron que solo había una solución factible, y han estado construyendo un plan para poder cumplir su sueño, su obsesión.

Mario nunca le ha dicho nada de eso a su padre, el es muy reservado. Nunca llama la atención, nunca levanta la voz, solo habla tranquila y dulcemente. Le fascina leer libros de otras regiones, soñar con aventuras de lugares distantes, de ciudades distintas. Lee bajo el sauce por las mañanas, en el mismo lugar donde su hermana por las tardes toca la flauta. La tranquilidad del patio le agrada, el sonido sedante de las melodías que toca María lo relaja y puede pensar tranquilamente. La belleza de su hermana le despierta la imaginación y se queda largo rato mirándola. Solo lamenta una cosa: no saber escribir. Le gustaría elaborar su propia historia, pero es muy torpe con la pluma y no logra escribir nada que sea legible.

Él es muy diferente a su hermana, sin embargo es popular entre las muchachas de su edad. Es de piel parda, pelo verde oscuro; no se parecen en nada. Su pelo es del color de las hojas de un árbol que crece en los Karkanelos -la gran cadena montañosa del centro de la Atlántida-, así que le resulta fácil esconderse entre los árboles. Ahí es capaz de quedarse durante horas tranquilo, sin ser notado. No lo cuida mucho, pero si se peina constantemente de una forma poco usual. Su piel es oscura, con pequeños puntos rosados en su mejilla, rasgo que solo aparece en algunos de su familia. De la forma física ni hablar, es demasiado delgado para la fuerza que tiene en los músculos. Parece tan frágil. Le gusta vestir ropas sencillas de color Verde o café, rodilleras y zapatos oscuros.

Quizás lo que más resalta de su figura es el gran escudo ovalado que lleva siempre en la espalda. Parece incómodo andar con esa mole de madera en la espalda, adornada con la palabra “vida”, pero para él no le molesta en nada. Se lo dio su padre cuando tenía 10 años. Parece que no le agradó mucho al principio, y le resultaba incómodo usarlo. Pero en el duro entrenamiento le era muy útil y pronto se terminó acostumbrando a él. Pareciera que no lo cuida mucho porque tiene múltiples rasguños, uno muy grave. A pesar de eso se le ve feliz con él, y no le quita el olor a tranquilidad que emana de su piel.

Al principio, su padre no confiaba mucho en él: parecía torpe para el combate, y su hermana lo superaba en todo. Era lento, debilucho y además demasiado bondadoso. Debido a esto su padre dejó de entrenarlo durante un tiempo. Pero un día una muchacha misteriosa, una admiradora secreta le regaló un arma de la que pronto se enamoró, y la llamó “mazo tortuga”. Poco recuerda su aspecto a ese animal, pero lo hizo en honor a que el cría en su pieza esas criaturas. Creó una técnica de combate basado en el comportamiento de las tortugas: sin armadura, usando un par de escudos en los brazos poseía una defensa invencible, y hería mortalmente con su mazo. Retó a su hermana a que en una pelea le intentara dañar. Nunca ella ha podido superar su defensa. Viendo esto su padre le regaló ese escudo grande que lleva siempre en su espalda como signo de su reconocimiento, y lo volvió a entrenar. Nunca lo dijo, pero Mario en el fondo se sentía muy feliz de que su padre le reconociera sus habilidades.

Junto a su hermana formaron un equipo de mercenarios invencibles. Estos tres años han estado participando en numerosas batallas y nunca han podido ser derrotados. Pese a que han sido batallas pequeñas y no se han enfrentado a otros mercenarios todavía, se han formado una gran reputación como los “hermanos invencibles”. Esa pareja de asesinos a paga completaba cada tarea que se les asignaba sin alegar, pero en el fondo lamentaban su suerte, lamentaban tener que hacerlo y solo esperaban el momento en el que puedan cumplir su sueño de conseguir la paz en un continente sacudido por las guerras. Y ellos creen que ya es el momento de poner en marcha su plan. Ellos creen que es momento de salvar a la Atlántida, esa gran isla que también es un continente, ese lugar en el cual viven y se desarrolla esta historia que solo empezamos a narrar.


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