lunes, 28 de marzo de 2011

Un pueblo perdido (novela) [2]

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II. Cuando la suerte de los hombres choca con el destino

En una enorme, austera y fría pieza está Mario. Pero no se encuentra solo, sino que le lee un libro a su hermano pequeño de tan solo 5 años. En la habitación hay montones de rollos de pergaminos apilados en unos grandes cubos de madera. La sala es bastante grande y solitaria. Algunas velas alumbran a los copistas que incansablemente transcriben cientos de rollos de pergaminos. En el centro hay un gran mesón de piedra, de forma rectangular, ahí están sentados Mario y su hermano Iulio. La impotente habitación tiene las paredes pintadas por todos lados de rojo, con algunas líneas negras atravesándolo horizontalmente. Con el mismo color de las líneas, están escritas una gran cantidad de palabras que adornan las paredes. Este es el lugar donde Mario se encerraba en las tardes de invierno, como ahora. Pero en esta ocasión no leía solo, sino que le enseñaba muchas cosas a su hermano menor. Iulio era parecido a su padre: Pelo de color rojizo, piel clara, grandes cejas. Su único pasatiempo es observar durante horas los insectos de su patio. Le gusta examinarlos, mirarlos, olerlos, tocarlos... Y coleccionarlos.

–Hermano, enséñame que dice este pergamino– Dice Iulio a Mario, sacando un pergamino adornado por fuera con unos soles. Mario lo abre, y comienza a leer:
–Aquí os voy a relatar como es el mundo fuera del continente de la Atlántida, según los viajes que yo como comerciante y aventurero he hecho. Saliendo de la pequeña isla de la Atlántica…– Iulio interrumpe:
–Hermano, ¿Cuál es la isla de la Atlántica?
–Al norte de Desparta,
al este de las montañas,
atravesando la mar,
a pocas millas de distancia,
se ubica la atlántica.
Es una isla chica,
región por sí misma,
y tiene una capital
que se llama Imperial.
–Saliendo de la pequeña isla de la atlántica– Continúa Mario– en la dirección en que nace el sol, a veinte días de navegación en dirreme, encontrarás las columnas de Heracles. Estas son la entrada a un mundo completamente nuevo, independiente de la Atlántida: un gran mar interior que separa dos continentes, Europa y África. En el Norte está la rica ciudad de Tartessus  en Hispania, y en el Sur habitan los Bereberes, en la Mauritania. Dos mundos distintos, bosques al norte y desierto al sur. Siguiendo por ese Mesogeios Thalassa –Mar interior en lengua griega–, acercándonos a las tierras donde nace el sol, nos desviamos al norte, donde está la Hélade, el lugar donde antaño existía la ciudad de Micenas, la del rey Agamenón, la que entró en guerra, según cuentan las leyendas, con Ilión, una ciudad ubicada al otro lado del Mar Egeo. Al sur, al otro lado del mar interior, el valle del Nilo, el lugar donde antigua gente erigió inmensas pirámides. Al este, existe un continente tan grande que se dice que el sol nace de sus montañas, pues no tiene fin. En las costas del Mar Interior se ubica un pueblo aguerrido que por su particular creencia religiosa es conocido. Se trata de los hijos de Israel, quienes creen solo en un Dios: Yahvé.

–Hermano, no sabía que fuera de la Atlántida existían más continentes y gentes habitando en ellas. – Le dice asombrado Iulio a su hermano.
–No te preocupes hermano,
en la isla que habitamos,
se encuentran misterios tan variados,
lugares que nunca habríamos imaginado,
que no es necesario ir a otros lados.

Mario tenía razón. La Atlántida es una isla. Pero más que isla es un continente, con pequeños lagos, salares, cordilleras, algunas zonas son boscosas, otras rocosas, además hay llanos y desiertos. Lugares muy distintos unos de otros. ¿Qué viajero se podría aburrir de un continente así? Pensaba Mario. Envidioso, disfrutaba cada viaje. Y luego se los relataba a sus amigos exageradamente, como si fueran dignos de un gran héroe; viajes con pruebas más difíciles que las de Heracles, el oriental, paisajes en donde ni siquiera el gran Arlades –un héroe del norte de la Atlántida– podía divisar el horizonte, parajes en donde los dioses no eran capaces de sobrevivir. En sus viajes había de todo.

Mario sacó un pergamino viejo, salió de la habitación y entró en un largo pasillo de rojas paredes y sin ventanas. A medida que avanzaba por el pasillo surgían decenas de habitaciones, igual de grandes y austeras que las demás, pintadas con el mismo color rojizo. Llega finalmente a un patio, el que tiene en el centro un gran sauce. Se sienta bajo su sombra y se pone a leer. Silencio. Luego de unas horas aparece un funcionario del rey, su padre, y le habla apresuradamente:

–Príncipe Mario, su alteza solicita su presencia en la sala del concejo. Es un asunto de suma importancia para Desparta.

Sereno, sin ningún gesto de preocupación en su cara, Mario acompaña al hombre recién llegado a un gran cuarto, pintado de negro, con una gran mesa de forma circular en el centro y cinco sillas a su alrededor. En la silla más grande está sentado su padre, el rey de Desparta, Lórnides, con su cabeza pelirroja y barba abundante. A su derecha, Hexégoras, su general mayor, de un aspecto temible. Es grande, musculoso, de cara seria y posee una gran cicatriz en su ojo izquierdo. A la Izquierda de Lórnides aguarda en silencio Medes, la anciana concejera del rey. A la izquierda de esta se encuentra sentada María. Queda un asiento vacío. Mario se sienta en él.

Cuando están todos reunidos, Lórnides comienza por fin a relatar con tono grave la compleja situación. Cerca del límite de los dominios del Rey de Iodas –ciudad rival de Desparta–, su hija, la princesa Aika, disfrutaba de las aguas del río Menelio a la luz de la luna. La hermosa muchacha gustaba de hacerlo cada noche en un lugar de difícil acceso, y como se bañaba desnuda, les decía a sus criados que la esperasen en un lugar cercano. Un par de hombres que pasaban por ahí vieron a la hermosa mujer, alumbrada por las luces que emite la diosa Selene Este –La diosa de la luna– e inmediatamente les hizo efecto la flecha del amor que les disparó el dios Eros Este. Aika, sola y descuidada, no vio como los desconocidos se le acercaron y sin poder hacer nada, fue raptada. Los criados se extrañaron que su maestra no regresara y la fueron a buscar, pero no la pudieron encontrar. Entonces Aión, el rey de Iodas, alentó una gran búsqueda para encontrar a su hija perdida, y un par de días después apareció muerta en la rivera del Menelio, río arriba, en territorios del rey de Desparta.

–De modo que pedirán algo a cambio. No creo que sean tan idiotas para comenzar una guerra– Dice el general Hexégoras.
–No seas precipitado Hexégoras –Responde la sabia anciana Medes –, Aión solo poseía una hija, y la quería mucho. Es imposible que no intente tomar venganza. Por otra parte, Iodas actualmente está en alianza con Ourinto. Estaríamos en desventaja si entramos en guerra contra ambos a la vez. Mi experiencia me dice que debemos ofrecer un sacrificio para que Aión y su gente se calme.
–Gran sabia Medes –Exclama angustiado Mario –, ¿está diciendo usted que debemos ofrecer a mi hermana María como sacrificio para apaciguarlos? Eso no puede ser, eso…
–Mario –Interrumpe con los ojos cristalinos Lórnides –, tu sabes que María es mi preferida, es mi única hija y me gustaría verla formar una familia y envejecer junto a ella. Pero he jurado ante Ares Este –El principal Dios en Desparta, y divinidad de la guerra– que el bien de mi gente me es más preciado. No tengo otra alternativa que ofrecer como sacrificio a mi querida niña. Me lo han pedido los enviados de Aión. La gente de Iodas solo quiere venganza.

María mira al suelo, tranquila, como si aceptase su destino. No dice nada, pero se levanta de su asiento y se va a su cuarto, siempre muda. Hexégoras, que observa con desprecio a Lórnides, permanece sentado. Mientras tanto, la anciana Medes le pide a algunos criados que la ayuden a dirigirse a su habitación. Cuando se va, el cuarto queda en silencio. Mario observa fijamente a su padre. No puede creerlo. El destino de su hermana es otro, no morir de esta forma. Mario cree que Anenké –la personificación del destino, lo ineludible– debería estar furiosa, su objetivo, su propósito en la vida no se cumplirá. Está seguro que pronto las Moiras deberán arreglar este desastre. Pero eso no va a pasar. Lórnides, el rey de Desparta es un viejo obstinado. Cuando resuelve que hacer algo es lo mejor para toda su gente, nada le hace cambiar de opinión. Mario lo sabe, admira a su padre por eso y lo considera un gran rey. Pero en este momento no le importa el bienestar del pueblo, el quiere que su hermana viva para que juntos cumplan su sueño.

Finalmente, Mario se levanta de su asiento y solo quedan en esa gran habitación su padre Lórnides y el general Hexégoras, mientras él se dirige a su cuarto. Este es bastante amplio. Posee las paredes pintadas de verde –Un pigmento que por su escasez es bastante caro en toda la Atlántida–. En un lado está su cama, una mesa con dos pergaminos, y en el lugar donde un agujero en su techo deja entrar los rayos de sol, está ubicado un artefacto con forma parecida a una silla, recubierta de piel de vaca, en donde Mario se sienta. En el otro lado de su pieza habitan un par de tortugas bastante grandes. Hay, además, dos recipientes, uno con alimento y el otro con agua, y una puerta siempre abierta que conduce a un salón ubicado junto a la pieza de Mario. Ese salón posee una enorme piscina reservada para las tortugas que cría y no tiene techo. En una puerta ubicada a un costado, un artefacto permite que las tortugas puedan entrar y salir cuando lo deseen, pero le dificulta la entrada a los hombres. El lugar al que se sale es una zona con abundante vegetación, allí Mario juguetea con sus tortugas, y se entrena por las mañanas.

Mario reflexiona sentado en ese aparato que se reclina accionando una palanca. Aquí es donde a Mario le gusta pensar asuntos complicados. Y eso es lo que en este momento hace. Analiza la cuestión miles de veces, le da vueltas en su cabeza, pero no encuentra solución. Parece que el destino de su hermana se está abatiendo a duelos con su suerte. Y esta última está ganando. No lo puede permitir, aunque él tenga que disfrazarse de una Moira para forzar su destino. No quiere permitir que su hermana muera. No debe permitir que muera. No debe permitir que la maten. De pronto siente que está seguro de lo que debe hacer: Debe proteger a su amada hermana, esos Iodanos no deben ser muy buenos luchando pues sus mercenarios últimamente han caído en descrédito. Debe aprovechar esa oportunidad, de alguna forma debe acompañar a su hermana a Iodas y luego protegerla asesinando a una ciudad entera, ¿Por qué no?

Luego de un momento se cuestiona: ¿Será eso lo correcto? ¿Y si no soy capaz de matarlos a todos? ¿Valdrá la pena que ocasione una guerra y ponga a la gente de Desparta en peligro? Ya no se siente tan seguro, pero no duda de sus habilidades. Si quiere matar a los que desean ver morir a su hermana, no debe equivocarse, tiene que prepararse, y va a necesitar ayuda. Finalmente Mario se da cuenta que la cooperación de Hexégoras es fundamental. Si él no le presta su ayuda, Desparta puede correr peligro. Pero si le ayuda, podrían combatir a Iodas antes de que logren prepararse para una guerra, y no alcancen a pedirle socorro a Ourinto, su aliada. Este es un buen plan, piensa Mario, solo hace falta pedir ser el escolta de María, y convencer a Hexégoras de que le preste su ayuda. No existe error en su estrategia. Es perfecta. O por lo menos eso piensa Mario.

Ha brotado un nuevo entusiasmo en nuestro personaje. Se levanta y encamina hacia donde se encontraba su padre. Cuando llega, la puerta está cerrada, pero un momento después es abierta por Hexégoras que justamente se halla saliendo de la habitación. Cuando avista al sorprendido Mario le dirige la palabra:

–Mario, prepara tu armadura, tus escudos, tus armas y tus herramientas, has sido elegido como parte de la escolta que llevará a tu hermana a Iodas. Apresúrate, partimos en un par de horas más.
–General, ¿puedo saber quiénes serán los demás escoltas? –Pregunta Mario.
–No te inquietes, ya lo sabrás. Por ahora solo ve a arreglarte, que aquí estorbas. –Le responde serio Hexégoras y luego se aleja de él.

Dos horas más tarde, en la entrada del gigantesco palacio de Desparta, Lórnides despide a una docena de guerreros bien apertrechados y cada uno con su respectivo caballo de guerra, que escoltarán a la hermosa “princesa nieve” en su viaje a la enemiga ciudad de Iodas. Hexégoras se encuentra a la izquierda de todo el grupo que está formado en fila india. Lo siguen, de izquierda a derecha, Kasios, Pedrus, Hirión, Arlades –Se dice que es hijo del gran héroe de la ciudad de  Melina, en el norte de la atlántida–, la heroína Musia, su hermana Herlinda, Mario, su maestro Lúcides, y los terribles trillizos Hio, Jario y Kartes. Todos son brillantes guerreros mercenarios nacidos en Desparta, con excepción de Lúcides, quien nació en la ciudad de Cartenas.

María irá en un carruaje pequeño, completamente cerrado con excepción de una pequeña ventana en el lado izquierdo. Es tirado por dos caballos blancos, sus favoritos y dos criados son los encargados de conducir el desteñido vehículo. Lórnides observa al grupo con unas lágrimas en sus ojos, mientras los curiosos que se acercaban a ver el espectáculo alentaban y cantaban himnos en honor a su heroína. No faltó el artesano que construyó un busto en honor a la “princesa nieve” con la inscripción: “Su sacrificio será siempre recordado”.

El atardecer se hace presente cuando la comitiva se pone en marcha. Ninguno duda. Todos caminan seguros hacia la puerta principal de su ciudad. Los niños corren a un lado de los guerreros y les gritan animados, como si de héroes se tratase. Mario se emociona, observa las gigantescas murallas e imagina el mundo exterior y las aventuras que le siguen. Cuando por fin salen, se cierran las gigantescas puertas que los conectan con la ciudad y los deja frente a una pradera inmensa, sin mucha vegetación. Caminan siguiendo el curso del río menelio, con su escaso raudal, en dirección al mar. María duerme mientras Mario se prepara a vivir aventuras heroicas.

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