jueves, 2 de junio de 2011

Un pueblo perdido (novela) [7]


VII. El hombre que solo puede ver cadáveres

La ceremonia es corta. Un sacerdote vestido con una larga túnica púrpura se pone a bailar de forma extraña frente a todo el pueblo, al ritmo de sus propias palmas y acompañado por unas vestales vestidas de similar forma, mientras lanza pétalos en todas direcciones. Luego que termina la danza llaman a Fedor. El viejo camina con sus ojos vendados y guiado por algunos de su tribu hacia la mesa ceremonial, donde está sentada María.

Luego de tomarla de las manos y preguntarle por su nombre se saca las vendas. Unas ojeras increíblemente grandes aparecen, bordeando unos ojos irritados por la cantidad de luz que les llega, acostumbrados a la oscuridad total. Se queda mirando a la muchacha. El pueblo queda en silencio. El Rey, entonces, dice en voz alta: “Vamos Fedor, ¡diles a todos que esta mujer morirá hoy!” Mario se muerde los labios. Lúcides baja la vista. Hexégoras aprieta su puño. María… ella solo permanece quieta. El anciano Fedor observa inalterable a la bella jovencita. Parpadea y levanta la vista. Cuando mira a la multitud no puede evitar llorar y taparse los ojos. Los iodanos permanecen en silencio. “¡Vamos, Fedor! ¿Acaso no nos quieres decir por qué lloras? ¡Adelante, dinos lo que todos queremos escuchar!” le grita, un poco exasperado el Rey. El anciano permanece mudo, con los ojos tapados. Pronto sus subordinados lo van a buscar para ponerle la venda y llevarlo a su asiento, siempre llorando. Ahí, le susurra a Aión al oído:

–Esta mujer no morirá hoy, pero toda esta multitud sí.
–¡¿Es que acaso me estás tomando el pelo?! –Dice alterado el Rey.
–No es necesario que me creas. ¿Acaso no ves que estoy sufriendo? Acabo de ver como muere toda esta gente. Y sabes que no es algo que me guste.
–¡Va viejo sensible!, parece que ya te está afectando la edad.

Fedor continúa llorando. El Rey de Iodas se altera, conversa con Amaranto, su más cercano. Él le dice siempre lo que quiere escuchar. Pero hoy es la excepción. Le aconseja que deje ir a los despartanos, pues es peligroso tenerlos en la ciudad, solo ellos podrían hacer realidad la advertencia de Fedor. Los otros heliadae le dicen lo mismo: Lertes; Auxión; Espaménodas; Ságata. Todos le aconsejan que los deje ir. Aión mira entonces a su pueblo. Ellos ya se empiezan a inquietar y dejan caer los más diversos gritos, alterando el ambiente, destruyendo la armonía y contaminando los sonidos. No se les entiende nada, solo son una masa molesta y hambrienta. Hexégoras, que no está a mucha distancia, observa al anciano deliberar, visiblemente furioso, y se le acerca.

–Nosotros, los despartanos, tenemos algo que decirle.
–¡Y ahora ustedes vienen a molestarme! Dime rápido qué es lo que quieres, porque hoy no ando de humor –le responde.
–Debo decirle lo siguiente: La ejecución de la joven princesa María de Desparta, hija de Lórnides el Rey de dicha ciudad, solo podrá ser llevada a cabo si usted firma, ante todos los aquí presentes, este decreto que asegura la paz entre su ciudad y la nuestra, y que le obliga a resolver todos nuestros conflictos de forma pacífica. Estas son ordenes de Lórnides.
–¡Idiota! ¡Crees que soy idiota! ¿Acaso piensan que firmando eso obtengo alguna ventaja? ¡Jamás la firmaré! ¡Sólo quiero vengar la muerte de mi hija!
–Entonces no nos queda más remedio que volver a nuestra ciudad con la joven princesa María, pues sin ese trato no habrá ejecución.

Ahora el rostro de Aión muestra muecas imposibles, se le notan mucho más las arrugas, y sus cejas caen por encima de sus pequeños ojos. Los otros heliadaes no son capaces de replicarle. Se molesta, se enoja, se levanta, y cambiando rápidamente de expresión, comienza a reír a carcajadas. El pueblo, viendo esto, se queda en silencio, atentos a lo que su Rey dirá. Aión pronuncia entonces las siguientes palabras: “Estos extranjeros han dicho que no quieren entregar a su mujer para la ejecución. ¡Serán idiotas! ¡Creen que somos idiotas! La ejecución se realizará, eso es un hecho, y no hay duda, tienen que respetarnos pues esta es nuestra ciudad, y yo soy el Rey. Y como tal yo aseguro ¡Hoy habrán trece ejecuciones y un banquete sin precedentes!”. Su gente, que poco entiende lo que acaba de decir, levanta la voz rápidamente, en un único grito que se escucha claro y fuerte: ¡Queremos ejecución, queremos comida! No desistirán de sus objetivos, no dejarán que la ejecución no se lleve a cabo. Entonces Hexégoras se da cuenta: Los ansiosos están siendo manipulados por Aión, harán lo que sea por comida. Fedor se tapa los oídos. Mario hace sonar los dientes y sujeta tiritón su arma, lista a usarla en cualquier momento. Los otros despartanos se inquietan. Hexégoras permanece firme frente a los ancianos iodanos, por fin sin dudas.

Pasa un minuto sin que ocurra nada, y el pueblo, inquieto, a la vista de esto, se moviliza. Empujan a los guardias para acercarse a la mesa ceremonial, donde está María. Mario y los demás mercenarios ya no toleran esto y se abalanzan a atacar a la multitud, con las armas en las manos. Hexégoras no los detiene y levanta su espada contra de los heliadaes. María sigue inalterable. La tragedia comienza a escribirse con sangre y desesperación. Los ánimos desbordan. ¡Son ocho contra más de dos mil! ¡Cómo cambia la situación en sólo un minuto!

Mario y los demás atacan de frente a la multitud incrédula e indefensa. Pero como la masa está furiosa –y hambrienta– nadie se preocupa por su seguridad, y se lanzan a la batalla de forma atolondrada. La escena es horrible: Las madres que llevan bebés en brazos los lanzan con una violencia increíble, pero con tan mala precisión que se estrellan contra otros iodanos. ¿Cómo pueden llegar a ese extremo? Las que no tienen hijos, se sacan los aros y joyas y los esgrimen como cuchillos cortos –muy cortos–. Los hombres agarran del piso piedras, guijarros, bebés y cualquier otra cosa que encuentren para arrojar. Ante esta lluvia de objetos, Mario avanza sereno, su defensa es perfecta e impenetrable; detrás vienen los trillizos Hio, Jario y Kartes, con una sonrisa maligna en sus rostros. Habían esperado durante días la oportunidad de matar sin preocupación, afilando las armas, arreglando las armaduras, preparando flechas y jabalinas. Ellos solo quieren asesinar, y disfrutan con ello. Vinieron solo por la esperanza de saciar su sed asesina. Más atrás viene Lúcides, un tanto confundido. Se pregunta: ¿hacer esto está bien? Al final, Hirión, Kasius y Pedrus, se acercan tímidos al enemigo.

Apenas Mario se encuentra a una distancia capaz de golpear, da comienzo a la carnicería con una efectividad increíble. Su famoso “Mazo tortuga” hiere mortalmente a quien toca, y nadie era capaz de dañarlo; mientras no tuvieran armas no tenían posibilidad de dañarlo. El pánico se difunde rápidamente.

Luego llegan los trillizos, con los ojos desorbitados. Su forma brutal de pelear provoca horror en la masa de “ansiosos”: Hio estira sus brazos y atrapa dos cabezas, luego las hace chocar velozmente, rompiendo sus cráneos y dejando caer la sangre. Cuando logra esto, mete las manos y les saca el cerebro, arrojándolos a los que se encuentran cerca. Su hermano Jario, cuando atrapa a alguien le arranca o le corta la lengua, luego en tono burlón les pregunta si les duele, para finalmente enterrarle la espada desde la boca, por la garganta, hasta los pulmones y el estómago. Kartes no se queda atrás y hace cosas aún más escalofriantes: A sus enemigos les corta los dedos de las manos, luego les quita las manos y los pies. Las chillonas víctimas son arrojadas en un sitio al que pronto volverá para seguir torturándolos. El terror que provocan es increíble. Cuando los demás se unen a la batalla, ya casi todo el pueblo echaba a correr lejos, mientras los trillizos, con unas risas demoníacas y la boca espumosa, persiguen sin compasión a los atemorizados “ansiosos”, dejando tras suyo un sendero de sangre y miembros amputados. Sería estúpido preguntar si están felices, se nota claramente que lo disfrutan.

Mario, en cambio, acercándose a los que se encontraban más cerca de la mesa ceremonial, con el único fin de proteger a su hermana, termina encontrándose frente a frente con Fedor. Es el único iodano que permaneció inalterablemente sentado. Los otros heliadaes ya habían entrado al palacio, corriendo con sus pesados ropajes incrustados de joyas y gemas. Fedor no se mueve ni dice palabra alguna, solo llora en silencio. El joven despartano acerca su mazo y la pone al lado de su cabeza, pero al ver que no se movía, le pregunta:

 –Dime anciano, ¿tú eres Fedor? –El viejo levanta la cabeza, gesto que en Iodas quiere decir “Si”. –Entonces, ¿por qué no corres lejos?
Yo para ti significo muerte,
¿es que acaso no me temes?
–A la muerte ya no le tengo miedo –Le responde –. Ella ya no me reserva ningún secreto.
–Entonces, dímelo todo,
anciano que se encuentra solo,
¿por qué lloras con un amargo tono,
malgastas de esa forma tus ojos?
–Siempre lo hago, la muerte ronda en mi mente y la tristeza se ha apoderado de mi corazón.
–¿Acaso es mentira que esos ojos
han sido bendecidos por Apolo?
–Sabes, cuando alguien recibe un don de algún Dios, debe responderle privándose de otro don. Es lo que se llama Justicia retributiva, y está a cargo de la diosa Némesis: a cambio de la riqueza que ese don me confiere, no se me está permitido ser feliz. Dime extranjero: ¿Quieres que te cuente mi tragedia?
–Habla viejo, creo que eres una persona de bien.
Así que descuida, no te guardo rencor, no te mataré.

–Desde que nací –relata Fedor–, he tenido la facultad de poder ver el final de la vida de las demás personas. Para hacer eso, basta con que mis ojos perciban a alguien. ¿Comprendes el dolor que esto me produce? A todos mis familiares, mis amigos y conocidos, solo he podido saber como morirán, nunca he podido saber cómo se ven vivos, como se ve una persona normal. Solo puedo ver cadáveres y cosas deformes. ¡No sabes cuantas pesadillas tengo cada noche! Me ha costado dormir desde pequeño, pero hasta los dos años no sabían que tenía este poder. Cuando tenía esa edad mis padres me llevaron donde el sacerdote más poderoso de la tribu de la nube. Así descubrieron mi don, al que ese sacerdote llamó “bendición de Apolo”, y me cambiaron mi nombre por el de Fedor, que significa “regalo de Dios”. Como apenas sabía hablar, me trajeron a un filósofo que me enseñó mucha otras cosas aparte de hablar. Éramos inseparables, él me seguía adonde yo fuera. Además aprendí de él a caminar con vendas en los ojos. Viví tranquilo los primeros años de mi infancia.

–Pero pronto –continúa contando Fedor–, el día que cumplí los cinco años, mis padres me despertaron temprano y me llevaron a una habitación donde habían unos cinco señores ricos de otras tribus. Traían unos obsequios y me rogaron que les dijera cómo morirían. Al otro día ocurrió lo mismo, y al día siguiente, y así. Todos los días me despertaban para ver morir a los demás. ¡Y llaman a eso una bendición de Apolo! Nunca me preguntaron realmente qué sentía. Todavía viene gente con reliquias invaluables, rogando que les diga que les depara el destino. Nunca pude entender la razón de por qué tantos desean conocer el final de sus vidas, si de todos modos su destino debe cumplirse. Pero por las noches esas imágenes terribles vuelven y no me dejan dormir. ¡Ayer le dije a una muchacha de no más de dieciocho años que moriría pronto al atragantarse por comer rápidamente una rata! Y en mis cortas pesadillas aparecen ejércitos de cadáveres atacando a los vivos, ¡pero en esas mismas pesadillas nunca puedo ver la cara de la gente! ¿Sabes cómo eso se siente?

–Bueno, para serte sincero, creo que no. ¿Y qué ocurrió con tu amigo el filósofo?

–Yo sentía que él era algo más que eso, es un sentimiento que jamás comprendí. ¿Será eso a lo que llaman “mejor amigo”? Él era el único filósofo que conocí, en una ciudad donde el pensar no es apreciado. Eufemio era su nombre. Cada vez que me veía deprimido, me reconfortaba con sus buenas palabras.  Siempre supe, desde el día que lo conocí, que moriría joven todavía, asesinado cuando se dirigía en un viaje a una ciudad lejana. Pero nunca me preguntó por eso. Decía: “¿Para qué?,  si moriré de todas formas, ¿no es así Fedor?”

–¿No tenía alguna distracción?

–Eufemio me enseñó el arte de la jardinería, y pronto adquirí la costumbre de pasarme tardes enteras en el pequeño patio trasero del hogar familiar, siempre con su compañía. Alejándome de la gente aún viva y de su horroroso temor a la muerte, podía escapar de mis horribles visiones. Me dedicaba completamente a las flores, pues son algo maravilloso para mis ojos, sólo a ellas puedo verlas nacer, crecer y vivir. Primero comencé a plantar en un rincón infértil. Pero todo lo que crecía era maleza. Luego de unos meses intentando, probé con una flor de loto que creció solitaria en esa mala tierra, triunfando ante las adversidades. ¿Debo ser como una flor de loto, luchando por vencer las situaciones más desfavorables? me preguntaba a menudo. En otro lugar más fértil planté unas violetas, las que pronto crecieron y florecieron antes que todas las demás, con un color tan intenso y hermoso que llegué a amarlas. ¿Debo ser acaso como una violeta que madura rápido y hermosamente para que todos me quieran? Sembré además bastantes anémonas, las que al poco tiempo de florecer fueron arrancadas por una brisa fuerte, volando por encima de los tejados de mi tribu, brindando un hermoso espectáculo a todos. ¿Debo ser como una efímera anémona y gastar mi vida en hacer algo que todos los demás disfruten, aunque muera intentándolo?

–Sin duda es mejor ser sólo un hombre con un jardín.

–Puede ser, joven. Luego de algunos años, y gracias a que Eufemio me conseguía las plantas más extrañas, conseguí tener un florido jardín, matizado con cardos y espinos, sembrado de narcisos mesótidas, claveles de Fario, abelias de Marianolis y un simpático ajenjo proveniente del Bariao. También tenía algunas flores muy extrañas, como un matrimonio amarillo y otro azul, un jardincillo lleno de tréboles celtas, y otras tantas flores provenientes del occidente, como begonias y laureles, además de una palma, con tamaño parecido al de una persona. Pero siempre lamenté no haber podido conseguir nunca alguna de esas flores legendarias llamadas rosas.

–¿Pero estaba contento con esa vida?

–El día que me di cuenta que en mi jardín y con la compañía de Eufemio era feliz, la celosa Némesis no dudó en arrebatarme todo esto. Una tarde de otoño, cuando ya estaba próximo a cumplir quince años, Eufemio no me vino a ver. Al otro día pasé toda la tarde en el jardín nuevamente, pero él otra vez no llegó. Al tercer día, al darme cuenta que él ya no vendría, fui a consultarle a mis padres sobre su paradero. Me dijeron: “Él se fue en un viaje con el célebre Leandro a una ciudad lejana”. ¿Qué crees que ocurrió? Cinco días después nos dieron la terrible noticia: Eufemio, Leandro y toda la comitiva fueron asaltados por una banda de ladrones, quienes los pasaron a cuchillo.

–¿Qué ocurrió con su jardín?

–Nunca volvió a ser lo mismo. Silencioso el ambiente, solo quedaban los aromas. Ya no recibía cada mañana un tipo de flor distinto. Y en un par de semanas un incendio destruyó lo que quedaba de mi antiguo pasatiempo. La tristeza me ganó por fin la partida y me encerré en mi palacio, dedicándome solo a escribir libros de filosofía que nadie leía, porque en mi ciudad desprecian la lectura. Ya no tenía motivación para seguir viviendo. Y día tras día debía soportar esas terribles visiones y noche tras noche me desvelaba con las infaltables pesadillas. El sentimiento de culpa se apoderaba irremediablemente de mí. Pero ese era el destino que Apolo me había elegido, y no lo podía cambiar.

–¿Cómo pudo superar eso?

–No pude. Pasaron así cuarenta monótonos años de mi vida, y aunque me pude casar y tener hijos, nada cambió: en las mañanas uno o dos clientes, en la tarde escribía mis libros, y en la noche intentaba dormir con poco éxito. Pero un día, hace más de diez años, no llegaron los acostumbrados clientes, sino que en su lugar me vino a visitar la gente de mi clan para darme las buenas noticias: Me habían elegido para ser el heliadae de la tribu de la nube. ¿Por qué me confiaron tan importante labor? No dudaron en responder que tomaron la decisión porque soy el pensador más importante y leído de todo Iodas. Pero nunca creí que fuera así. Entonces, a mi aburrida rutina se agregó solo esto: luego de la cena, el concejo de ancianos de la tribu traía unos pergaminos, sobre los que querían que imprimiera mi sello, pero nunca me dejaban leerlos. ¿Acaso era su líder o su marioneta? Nunca me importó encontrar la respuesta a esa pregunta, ya poca motivación me queda. ¡Pero a tí, extranjero, puedo decirte que tienes un gran futuro por delante! Te diré un  secreto: esa muchacha llamada María morirá por una enfermedad a una avanzada edad. Intenta disfrutar toda esa vida junto a ella. Pero me gustaría pedirte un último favor.

–Adelante anciano Fedor, creo que después de haber escuchado tu historia soy capaz de hacer por ti lo que desees.
–Quiero que acabes con mi sufrimiento y le pongas fin a esta vida desdichada. A cambio, te diré como morirás.

Mario no supo qué pensar. ¿Acaso podré entender alguna vez a alguna persona? Creía que todos deseaban vivir. En su caso, pese a lo complicado de su entrenamiento y a lo exigente de su juventud, siempre había tenido razones para vivir y seguir adelante: Primero, conseguir el reconocimiento de su padre; luego, ser amado por su hermana; ahora, conseguir la paz en toda la Atlántida. Ese objetivo lo empuja hacia delante y le da fuerzas, le obliga a luchar en Iodas y ahora deberá enfrentarse a una guerra inevitable.

Sin duda, el deseo de vivir es verdad para él. Pero cometió un error: pensó que todas las personas eran iguales, que todas tenían objetivos por los cuales combatir adversidades. Las excepciones a menudo contradicen las cosas que tan ciegamente creemos, son odiosas y a veces es mejor fingir que no existen. Pero no pueden ser ignoradas, y a esto no sabe como responder Mario. Definitivamente un anciano que tenía más de sesenta y cinco largos años, sufridos sin esperanza ni motivación, no querría seguir viviendo y preferiría terminar con su vida y su agonía. Pero por otro lado, cuando el destino de Mario chocó con el de Fedor, indudablemente la vida de este terminó: era su enemigo, no podía perdonarle vivir. ¿O es que acaso tendré que olvidar que es un enemigo? Si es así entonces debía extinguir todo su sufrimiento, tal como le había enseñado su maestro Lúcides. ¿Cómo puedo lograr esto? La respuesta que se le ocurrió fue: matando a quien ya no deseaba seguir viviendo. Mario pudo por fin decidirse; debía acabar con la agónica vida de este viejo, no como enemigo, sino como amigo. Levantó luego la cabeza para indicarle que aceptaba, entonces Fedor le dijo: “Morirás en los brazos de una bella mujer” y luego cerró por última vez sus ojos.

Aquél hombre murió con una sonrisa en su cara, feliz de acabar con su desgracia. El dolor lo liberó de la culpa que sentía, al haber visto en su larga vida a tanta gente sufrir. Ya no tendría pesadillas nunca más, todo se había acabado, ahora porfin podría soñar. “Es bueno morir cuando la vida no ha sido buena” pensaba el pobre Fedor, cansado de los lamentos, cansado de no poder disfrutar ver a sus hijos y nietos crecer, ni a su esposa envejecer. “Eufemio, por fin podré volver a conversar contigo” susurró. Era un hombre que solo podía ver cadáveres y era infeliz por esto, ese era el destino que los dioses habían elegido para él, y nadie lo podía cambiar. Nadie, excepto la muerte. Por esto, su última palabra fue: “Gracias” y murió feliz, completamente decidido, sin ninguna duda.

En el corazón de Mario, algo sucedió. Era esto algo nuevo para él. Luego levantó la vista hacia su izquierda, ahí Hexégoras y los demás dirigen seriamente la mirada a la puerta del palacio: Han llegado los telquines, los mejores guerreros de Iodas. Nadie de entre los despartanos tiene miedo; pero Lúcides está sorprendido, en ese grupo hay una cara conocida.

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